Etapa 2: De Portomarín a Palas de Rei – 27.5 km
- Ana Fatima Rivera Aguirre
- 24 may 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 31 may 2025
Día de lluvia, flores amarillas y calor humano
Como les conté en la entrada anterior, el primer día fue maravilloso: exigente pero pintoresco, lleno de energía y emoción. Llegamos a Portomarín, un pueblo encantador situado a orillas del río Miño. El casco antiguo fue trasladado piedra por piedra cuando se construyó el embalse, y por eso muchas de sus construcciones actuales tienen historia viva en cada muro.
Nos hospedamos en el Hotel Villa Jardín, con una vista preciosa al río. Portomarín es pequeño, pero justo cuando fuimos —en Semana Santa— se llenó de vida, alegría y color. Se respiraba un ambiente festivo y peregrino. Ahí probamos el clásico menú del peregrino: nutritivo, sencillo, pero delicioso, sobre todo porque el cuerpo realmente lo necesita. Comer se vuelve una celebración del esfuerzo, uno de esos placeres simples que se valoran profundamente en el Camino.
Al día siguiente, salimos temprano rumbo a Palas de Rei, sabiendo que nos esperaba una de las etapas más largas del Camino Francés: aproximadamente 27.5 kilómetros. Esta vez la jornada estuvo marcada por la lluvia constante y un recorrido mayormente por carreteras secundarias, lo que la hizo más monótona visualmente, pero también más desafiante físicamente.
Aunque el trayecto no ofreció tantos lugares para detenerse a comer como el día anterior, encontramos pequeños espacios mágicos donde las personas locales nos ofrecieron té, café, galletas y palabras amables. Ese gesto nos reconectó con el espíritu más profundo del Camino: la hospitalidad desinteresada y la calidez humana.
Uno de los momentos más bonitos fue cruzar un puente encantador rodeado de vegetación, mientras el paisaje se vestía de flores amarillas, campos verdes y el susurro de la lluvia sobre la tierra. A pesar del cansancio, esos detalles nos hacían sentir vivas y agradecidas.
Al llegar a Palas de Rei, nos encontramos con un pueblo lleno de peregrinos y algo saturado. Nos hospedamos en el Hotel Mica: limpio y cómodo, aunque el trato que recibimos durante la cena no fue el más cálido. Entendemos que estaban desbordados, pero en el Camino uno necesita sentirse cuidado, sobre todo después de una jornada tan larga.
Nos enviaron a cenar al restaurante Arenas Palas, donde la comida era buena pero la atención fue bastante grosera. No lo recomiendo; hay otras opciones más amables en el pueblo.
A pesar de eso, terminamos la jornada con una gran satisfacción: sabíamos que habíamos completado las dos etapas más largas del Camino y eso nos llenaba de alegría. El cuerpo se empezaba a adaptar, el alma se sentía más fuerte, y el corazón sabía que lo más retador ya había pasado.
💛 Cosas lindas de este día:
El gesto amable de los locales.
Las flores silvestres amarillas que pintaban el paisaje.
Caminar bajo la lluvia, juntas, en silencio y en compañía a la vez.
La sensación de que estábamos avanzando no solo en kilómetros, sino en confianza y transformación.
En el Camino, aprendí que una mochila ligera es una bendición.
Que cada cosa que decides llevar pesa, y que no se trata solo del peso físico, sino del emocional.
Al principio, todas queremos llevar "por si acaso":
ropa de más, miedos antiguos, expectativas ajenas, recuerdos que ya cumplieron su ciclo.
Pero después de caminar varios kilómetros, entiendes que todo lo que no necesitas… te estorba.
Así es la vida también.
Cuanto más ligera está tu mochila interior, más libre caminas, más disfrutas, más respiras.
Llevar menos no es tener menos; es elegir mejor.
Y lo más lindo: en el Camino —y en la vida—
siempre puedes abrir la mochila, sacar lo que pesa, regalar lo que ya no usas, y seguir.
Mi propósito viajar por la vida más ligero.
Buen Camino, peregrinas y peregrinos. 🌿


















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