Etapa 5 – De Arzúa a O Pedrouzo: entre niebla, quesos, silencios y aprendizajes
- Ana Fatima Rivera Aguirre
- 15 jun 2025
- 3 Min. de lectura
Después de una noche cálida en Casa das Corredoiras, donde nos trataron con mucho cariño, regresamos al punto de partida en Arzúa para continuar con la etapa del día. Esta vez nos esperaban 21 kilómetros, y el cuerpo ya comenzaba a sentir el cansancio acumulado. El clima estaba indeciso entre llovizna, neblina y algunos tímidos rayos de sol.
Fue un trayecto verde y silencioso, como casi todos en Galicia. Un paisaje de bosques de eucaliptos, pinos y robles, caminos rurales con olor a tierra mojada, y ese cielo cubierto que nos abrazaba con nostalgia. Ese día decidí caminar sola. Tenía ganas de silencio, de reflexionar, de mirar hacia dentro. Ya era el penúltimo día del camino y algo dentro de mí empezaba a despedirse.
Me sentía algo enferma, resfriada, sin energía. Y como soy de sol —como una plantita, florece con él—, la falta de luz me afectó más de lo esperado. Aun así, la belleza del entorno no dejó de maravillarme. Pasamos por aldeas pequeñas como Calzada, Calle o Salceda, y atravesamos bosques frondosos que parecían salidos de un cuento. Fue un día para ir más despacio. ( he de decir que no pudimos almorzar en estos lugares porque estaban cerrados, era jueves de vacación)
Un picnic improvisado alegró el trayecto: Laura había comprado queso de Arzúa, miel y cajeta, y junto con galletas hicimos una pausa deliciosa en un restaurante a medio camino. Compartimos café caliente, jugo de naranja ( por cierto en España es delicioso) risas y agua, y aunque no almorzamos formalmente, ese momento fue un regalo. Aunque más adelante, sentimos las consecuencias de no haber comido bien: el humor cambió, el cuerpo pedía más y queríamos llegar cuanto antes.
O Pedrouzo nos recibió como un pueblo bonito pero colapsado: era jueves de vacaciones y todo estaba cerrado o lleno. Comimos en la calle con lo poco que conseguimos (jamón, pan, queso), y la experiencia fue bastante incómoda. Estábamos cansadas, hambrientas y con ganas de un poco de refugio. Lamentablemente, el taxi que nos llevaría al hotel tardó una hora y media. Hacía frío, llovía, y el cansancio emocional ya era fuerte.
En ese momento, pusimos a prueba nuestra paciencia, empatía y resiliencia como grupo. Aunque todas estábamos en nuestros límites, supimos sostenernos con respeto y cariño. Incluso cuando dos del grupo tuvieron que esperar otro taxi dos horas más, lo enfrentamos con comprensión.
Finalmente llegamos al hotel, un lugar hermoso en las afueras. Fue uno de los más lindos del camino, con habitaciones amplias y cálidas. Nos sentimos cuidadas y arropadas. El dueño del hotel, al vernos tan cansadas, nos atendió con gran amabilidad. Allí tomamos una decisión importante: algunas (incluyéndome) haríamos solo 10 km el día siguiente, pues ya habíamos recorrido más de 100 y el resfriado no daba tregua. Las demás, valientes y determinadas, harían los 21 km completos.
Cenamos algo caliente y reconfortante. Y en la conversación, entre risas suaves y voces bajitas, reconocimos lo afortunadas que éramos de estar juntas en esa etapa. El cariño, la madurez emocional y la empatía habían sido nuestro mejor equipaje. Yo, que siempre lideraba con energía, esa noche delegué y descansé, y fue sanador saber que todas sabían sostener el ritmo del grupo.
¿Qué aprendí ese día? Que incluso en los días grises, hay belleza. Que no tomar fotos no significa que no haya habido momentos hermosos( aunque hubiera querido tomar más fotos). Que a veces, las pausas, los silencios, el cansancio, también son parte del viaje. Y que el verdadero camino lo hacen las personas que caminan a tu lado.
Dicen que el Camino de Santiago es una travesía interior, pero también es profundamente relacional. Y es cierto: no solo caminamos hacia una meta física, también lo hacemos hacia vínculos más profundos, hacia otras almas que se cruzan para dejar huella.
A mí me tocó caminar con siete mujeres increíbles. Algunas las conocía desde hace años, otras aparecieron en esta aventura como si la vida las hubiese guardado especialmente para este momento. Todas distintas, todas valiosas, todas con un brillo único en el alma. Y juntas, tejimos algo más que un viaje: tejimos una red de cuidado, de paciencia, de respeto, de amor silencioso.
Se dice que somos el reflejo de las cinco personas que más nos rodean. Yo tuve el privilegio de estar rodeada por siete mujeres buenas, empáticas, generosas… y eso, sin duda, me transformó. Cada paso compartido, cada silencio respetado, cada espera en medio de la lluvia o el cansancio, fue una lección de vida.
Porque al final, el verdadero Camino no es solo el que se anda con los pies, sino el que se camina con el corazón, al lado de quienes te elevan incluso cuando estás cansada. Y yo tuve la fortuna inmensa de caminar con ellas


















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